¿Cómo habría sido el suceso de quemar el año viejo y ensalzar al año nuevo al estilo estridente Homo sapiens 2000? En Valle del Campesino, sería cometer una celebración humana inadmisible, vendría a ser la aniquilación de la vida contemplativa de Chancusig.  Esto lo imaginé la otra noche a propósito del tiempo recobrado de Proust, no lo dejé asentado intuyendo que me serviría para comenzar la siguiente entrada de esta suerte de borrador (que se quedará en borrador) del campesino Chancusig, cual no existía cuando el Ejecutivo estuvo perdido en Racionalidad Digital, todavía se hallaba en proceso de fermentación recóndita. No voy a recobrar el eón extraviado allá arriba porque una edad pasiva es estéril, no fabrica memorias y en consecuencia no se crea el día que abarca todos los días, por ejemplo, el jueves de Leopoldo Bloom. Ni comprimiendo todo el tiempo perdido del Ejecutivo allá arriba lograría empezar un día de Bloom, ¿qué diantres era el día de Bloom? A pesar de ser un monólogo en sí desde que abrí mi mente-cuerpo a Racionalidad Digital, no podía capturar la esencia de la novela total de Joyce, y cómo hacerlo si el sujeto de la experiencia respiraba en la edad de la caverna holográfica. En Valle del Campesino vislumbro lo que fue esa gloriosa jornada de Bloom, ese dublinés de principios del siglo XX, haciendo el monólogo de un Ulises callejero, en reorganización retrospectiva, desde el vamos grasiento desayunando vísceras de cordero. Me atrevo a decir que percibo el condumio del tiempo del jueves de Bloom, y este vislumbrar no tiene que ver con lo que fue propio de la modalidad cotidiana de un urbanícola Homo sapiens 2000, ese modo de habitar en radical soledad en medio de multitudes humanas me es ajeno e incomprensible. Me anima creer que, en Valle del Campesino, lo fundamental del día de Bloom es posible.  

 

Soy una novela total en ciernes. Soy un iniciado en sembrar y cosechar acontecimientos en Valle del Campesino. Como Bloom no me hago las preguntas existenciales de rigor del poeta aristócrata: ¿qué voy a hacer mañana?, ¿qué voy a ser siempre? La gran diferencia es que Bloom floreció de golpe y porrazo en su jueves aunando todos sus días en uno solo, y luego se mandó a mudar a la eternidad joyceana. Cuando el Ejecutivo era un ente exclusivo de Racionalidad Digital, tampoco me hacía esas preguntas de rigor existencial porque a falta de un mañana ni un siempre, en la edad de la caverna, vivía sin pretensiones terrenales siendo un transmisor de hologramas tomados del susurro del contador de historias, donaba ilusiones a ajenos tal cual ellos me las donaban a mí, hasta que la poesía/ficción Río Machángara me condujo a Malinche, ahora mismo presente en la feminidad de la naturaleza prístina. Desde acá me veo similar a un alcohólico consuetudinario, cual malandrín dependiente de las canciones que incitan al vicio secular, que de la A a la  Z sonaban automáticamente en la rockola cósmica, aunque de repente metía una moneda sucia, ajada, para vibrar con el ritmo metálico que me daba la gana de escuchar. 

 

En Valle del Campesino, serían inofensivas las interrogantes del poeta aristócrata ¿qué voy a hacer mañana?, ¿qué voy a ser siempre?, debido a que mis días caminan y no corren, se hacen en los senderos y se transforman de la noche a la mañana y viceversa. La cuestión de rigor que sí palpita en el aire es ¿encontraré el día que integre todos mis días de una vez?     

      

Aquí amaneció lloviendo delicioso y después del obsequio celestial que llena de júbilo al suelo subtropical seco, escampando alrededor de las siete arribó el calorcito amigo de las criaturas que habitan Valle del Campesino. El despertar de los jilgueros en el último tramo de oscuridad, dio paso al fulgor de flores y frutos pintando perlado verdor. Embebido en las rojas beldades del ají rocoto, frutas ovaladas colgando del árbol de tronco leñoso que por su natural tamaño y lustrosa hermosura no envidia a un trabajoso bonsái, me visitó el recuerdo fresco del jovial campesino que tengo negado fijar su rostro. Mientras más familiar me resulta más rápido se diluye su cara, se marcha del todo apenas extinguido el sueño bordeando el amanecer de los dragones de oriente; cuando abrí los ojos su faz se había ido, no así la alegre figura de campesino seductor. El diorama con los otros actores del escenario onírico permaneció incólume, esclarecido, un lapso suficiente para quedarme disfrutando de su gracia hasta difuminarse y desaparecer avanzando en la mañana temprana. Esta reliquia de campesino encantador apareció entonando una frase grotesca, aunque risible y pegajosa: “bestia salvaje, pedazo de animal…”. Él no estaba calzado y vestido de campesino en acción sino en modo festivo, elegante a su manera, estrenando prendas de expedicionario siglo XXI, y venía caminando por un atajito de caña de azúcar idéntico al que descubrí hace poco en Valle del Campesino, o sea, uno que se desvía del recodo de sauces llorones de Río Azul, y era partícipe de la brisa despidiendo aromas de panela cimarrón. Y lo insólito llegó cuando del lado contrario asomó radiante Malinche, y, ¡oh, sorpresa!, entonando con voz de soprano lírica, “bestia salvaje, pedazo de animal…”. Es inevitable en este punto traer a cuento el único encuentro personal celebrado entre Malinche y Chancusig, donde sin ponerse de acuerdo acudieron a la cita disfrazados de expedicionarios del tardío Antropoceno.