Dije que Chancusig, apenas tuvo uso de razón cavernaria, se contaba en modo surrealista situaciones en lo silvestre desconocido que brotaban ya despierto, ya dormido. No me quepa duda que ese don oculto ha inspirado sus creaciones holográficas de las que se desprendía en borrador, pues, tal como manda el instinto surrealista, había que deshacerse de las proyecciones automáticas remitiendo el paquete holográfico a Racionalidad Digital. 

 

El instinto surrealista se ha disparado acá con ventaja insoslayable, cómo no si tengo al sujeto de la experiencia deambulando de mañana, tarde o noche en la continuidad enriquecida de la vida, en borrador, del jardín de las delicias original. Soy el ser que renació de la nada de Racionalidad Digital para esta aventura de carne hueso, como se diría en la época de Gulliver. No hubo fractura mental ni desgaste físico en la transición; repito, fue como si me hubiese preparado a cabalidad para ell ritmo subversivo de vida que llevo aquí, sin que la  soledad consuetudinaria de existir desaparezca con la transformación del a duras penas existente en la cueva digital a loco viviente en la intemperie. La cuestión persiste en el aire: será que fui una anomalía desde que me arrojaron a la soledad de la red mundial de Ejecutivos Digitales, y, lo de las salidas insulsas a la biosfera domesticada de Oréate, no es que me despertó sino que fue el inicio del plan preparado, en secreto, por el mudable ser que me habita y que con suma precisión ejecutó el fin del espacio-tiempo cavernario o lo que es lo mismo dio lugar al aterrizaje en el ojo cósmico que es la mansión del campesino Chancusig. 

 

Me divierte sospechar que se quedó allá un sucedáneo (mucho mejor que denominarlo clon) de lo que fui, y él está al instante fungiendo de ente cavernario, por decirlo así. Y es el sucedáneo del cavernícola Chancusig el que remite a Racionalidad Digital, material holográfico que son retazos de la cotidianidad de los sentidos de un invisible vividor. A la verdad, Malinche, pudo haber dejado allá al sucedáneo del ejecutivo digital Chancusig diseñado para leer, es decir transmitir el mundo externo de Chancusig campesino. De hecho, Malinche, leyó mi mente metiéndose en las profundidades del subversivo que habito y me habita, y, rescatando sus ambiciones subliminales, creó su residencia temporal en la Tierra. Tengo el feliz presentimiento de que por fin voy a ser pasto de la desintegración molecular donde me place serlo. 

 

Arriba, en la cueva digital, la nocturnidad era una suerte de noche que estaba dentro de la cotidianidad programada del existente cavernario. Entonces, había ignorado que me era innata la capacidad sensorial de sentir el mundo monocromático sublunar. Acá es que fui sorprendido con esa cualidad de nictálope. Ell Chancusig contemplativo siente la noche tan bien como el día, solo que hay diferencias en la percepción, ejemplo, los ojos noctívagos y los ojos diurnos enfocan distinto y reflejan distinto, y, sobre todo, la mirada del alma discrimina los dos mundos dentro de su complementariedad. La intensidad diurna deslumbra con sus colores y matices de luz ecuatorial, incita a hacer cuadros mentales sean paisajísticos, sean de jardines liliputienses acuáticos, sean de fanerógamas en pequeñas sociedades con aves e insectos insectívoros, sean de fauna merodeando en el bosque de faiques, arupos, algarrobos, ceibas… Entendí que la luz también enceguece y es cuando agradezco que ceda su imperio a las tonalidades monocromáticas de la noche, el resultado es refrescante. 

 

Los sentidos que abren las puertas de la percepción de dos mundos complementarios se manifiestan marcando las sensaciones correspondientes al día solar y las sensaciones correspondientes a la noche sublunar. Ha transcurrido el tiempo necesario, gravitante, en el espacio de cada mundo para que distinga a cabalidad, y por inercia, como los sentidos se han transformado aumentando o disminuyendo su capacidad sensorial dependiendo del mundo donde perciben capturando el instante.  Si se trata del día solar la modalidad visual prima, el mirar hace de director de la sinfonía que tiene como instrumentos a los oídos, el olfato y el tacto. Si es de noche se dispara tanto el oído como el olfato equiparando a la vista nocturna y haciendo que el nictálope tenga un comando tripartito de los sentidos. Aunque la noche es más corta que el día, en lo que se refiere al tiempo astronómico del expedicionario caminante, el tiempo mágico se dilata en el nictálope ambulante y se iguala a la continuidad vivencial del sujeto de la experiencia diurna. 

 

Sin quitar que el dormir horizontal ha sido, es y será un derecho adquirido del cuerpo-mente a la noche, la gran diferencia es que en la cueva digital el día y la noche se sucedían para sentir que avanzaba, en el tiempo espacio, el ser arrojado a una vida rápida entre paredes. Allá era un ente resignado a no distinguir de una noche a otra o de un día a otro salvo en lo de la memoria técnica para evitar repetir hologramas que han sido usados recientemente. A veces un repentino antojo existencial obligaba a que el espectador se salte del recambio preconcebido en la percha holográfica y reivindique algo extraordinario para sí. Ese capricho hacía que de momento se detenga el proceso normal del programa de menús para el entretenimiento cavernícola de la integración molecular a la desintegración molecular. Allá arriba, la cuna fue el abrir los ojos maduro, hecho y derecho, a Racionalidad Digital; y la muerte vendría a ser el retorno a la nada. 

 

Acá se me hace gracioso eso de la percha holográfica, como llamaba en la cueva al recambio programado de hologramas. Entonces me había inspirado en la comparación que hice con el escenario del vestidor-ropero perteneciente a ciertos humanos pudientes de civilizaciones remotas, cuando las personas cubrían sus fundas de unidades de carbono debido a la fragilidad de su piel, lo hacían con trapos externos, trapos interiores y calzado dentro de la versatilidad de colores y materiales disponibles. Si bien hubo tiempos arcaicos en los que se decía: los trapos de uso diario están al alcance todo bolsillo humano, había personas que se consideraban afortunadas por llenar sus vestidores-roperos con lo más fino y caro que encontraban en plaza, poseían una extensa cantidad y variedad de prendas de vestir colgadas en las perchas individuales formando largas y abigarradas filas manteniendo un orden preestablecido; así, cada cosa, tenía su turno para tapar y proteger la piel del usuario y, curioso, también eran una suerte de disfraz de lo que llamaban “personalidad”, por eso eran sujetos de espejos.