El hombre sin espejos 2.5

 

¿Cómo habría sido el suceso de quemar el año viejo y ensalzar al año nuevo al estilo estridente Homo sapiens 2000? En Valle del Campesino, sería cometer una celebración humana inadmisible, vendría a ser la aniquilación de la vida contemplativa de Chancusig.  Esto lo imaginé la otra noche a propósito del tiempo recobrado de Proust, no lo dejé asentado intuyendo que me serviría para comenzar la siguiente entrada de esta suerte de borrador (que se quedará en borrador) del campesino Chancusig, cual no existía cuando el Ejecutivo estuvo perdido en Racionalidad Digital, todavía se hallaba en proceso de fermentación recóndita. No voy a recobrar el eón extraviado allá arriba porque una edad pasiva es estéril, no fabrica memorias y en consecuencia no se crea el día que abarca todos los días, por ejemplo, el jueves de Leopoldo Bloom. Ni comprimiendo todo el tiempo perdido del Ejecutivo allá arriba lograría empezar un día de Bloom, ¿qué diantres era el día de Bloom? A pesar de ser un monólogo en sí desde que abrí mi mente-cuerpo a Racionalidad Digital, no podía capturar la esencia de la novela total de Joyce, y cómo hacerlo si el sujeto de la experiencia respiraba en la edad de la caverna holográfica. En Valle del Campesino vislumbro lo que fue esa gloriosa jornada de Bloom, ese dublinés de principios del siglo XX, haciendo el monólogo de un Ulises callejero, en reorganización retrospectiva, desde el vamos grasiento desayunando vísceras de cordero. Me atrevo a decir que percibo el condumio del tiempo del jueves de Bloom, y este vislumbrar no tiene que ver con lo que fue propio de la modalidad cotidiana de un urbanícola Homo sapiens 2000, ese modo de habitar en radical soledad en medio de multitudes humanas me es ajeno e incomprensible. Me anima creer que, en Valle del Campesino, lo fundamental del día de Bloom es posible.  

 

Soy una novela total en ciernes. Soy un iniciado en sembrar y cosechar acontecimientos en Valle del Campesino. Como Bloom no me hago las preguntas existenciales de rigor del poeta aristócrata: ¿qué voy a hacer mañana?, ¿qué voy a ser siempre? La gran diferencia es que Bloom floreció de golpe y porrazo en su jueves aunando todos sus días en uno solo, y luego se mandó a mudar a la eternidad joyceana. Cuando el Ejecutivo era un ente exclusivo de Racionalidad Digital, tampoco me hacía esas preguntas de rigor existencial porque a falta de un mañana ni un siempre, en la edad de la caverna, vivía sin pretensiones terrenales siendo un transmisor de hologramas tomados del susurro del contador de historias, donaba ilusiones a ajenos tal cual ellos me las donaban a mí, hasta que la poesía/ficción Río Machángara me condujo a Malinche, ahora mismo presente en la feminidad de la naturaleza prístina. Desde acá me veo similar a un alcohólico consuetudinario, cual malandrín dependiente de las canciones que incitan al vicio secular, que de la A a la  Z sonaban automáticamente en la rockola cósmica, aunque de repente metía una moneda sucia, ajada, para vibrar con el ritmo metálico que me daba la gana de escuchar. 

 

En Valle del Campesino, serían inofensivas las interrogantes del poeta aristócrata ¿qué voy a hacer mañana?, ¿qué voy a ser siempre?, debido a que mis días caminan y no corren, se hacen en los senderos y se transforman de la noche a la mañana y viceversa. La cuestión de rigor que sí palpita en el aire es ¿encontraré el día que integre todos mis días de una vez?     

      

Aquí amaneció lloviendo delicioso y después del obsequio celestial que llena de júbilo al suelo subtropical seco, escampando alrededor de las siete arribó el calorcito amigo de las criaturas que habitan Valle del Campesino. El despertar de los jilgueros en el último tramo de oscuridad, dio paso al fulgor de flores y frutos pintando perlado verdor. Embebido en las rojas beldades del ají rocoto, frutas ovaladas colgando del árbol de tronco leñoso que por su natural tamaño y lustrosa hermosura no envidia a un trabajoso bonsái, me visitó el recuerdo fresco del jovial campesino que tengo negado fijar su rostro. Mientras más familiar me resulta más rápido se diluye su cara, se marcha del todo apenas extinguido el sueño bordeando el amanecer de los dragones de oriente; cuando abrí los ojos su faz se había ido, no así la alegre figura de campesino seductor. El diorama con los otros actores del escenario onírico permaneció incólume, esclarecido, un lapso suficiente para quedarme disfrutando de su gracia hasta difuminarse y desaparecer avanzando en la mañana temprana. Esta reliquia de campesino encantador apareció entonando una frase grotesca, aunque risible y pegajosa: “bestia salvaje, pedazo de animal…”. Él no estaba calzado y vestido de campesino en acción sino en modo festivo, elegante a su manera, estrenando prendas de expedicionario siglo XXI, y venía caminando por un atajito de caña de azúcar idéntico al que descubrí hace poco en Valle del Campesino, o sea, uno que se desvía del recodo de sauces llorones de Río Azul, y era partícipe de la brisa despidiendo aromas de panela cimarrón. Y lo insólito llegó cuando del lado contrario asomó radiante Malinche, y, ¡oh, sorpresa!, entonando con voz de soprano lírica, “bestia salvaje, pedazo de animal…”. Es inevitable en este punto traer a cuento el único encuentro personal celebrado entre Malinche y Chancusig, donde sin ponerse de acuerdo acudieron a la cita disfrazados de expedicionarios del tardío Antropoceno.

El hombre sin espejos 2.4

Sentir el fluido del tiempo ampliado y ser sujeto de la relatividad temporal, tiene consecuencias: mi arraigo en tierra fértil. He mencionado que tengo la sensación de haber vivido una eternidad en radical soledad campesina que es la otra cara, apenas descubierta, de la eternidad en radical soledad del ejecutivo digital. Un eón mental ha transcurrido desde que resido al pie de las murallas que vierten agua dulce y suscitan la eufonía acuática de Río Azul (lo llamo así cuando le da el sol mañanero, y debería denominarse Río Fuego cuando es iluminado por el sol de los venados). 

 

Respiro por fuera del calendario y no especulo en la distancia temporal que me separa del fin del corriente año solar, haciendo la vuelta con el planeta y Chancusig sembrado en la tierra. Persiste la leve noción de que en cualquier momento la nave AVUA se va ha presentar aullando en modo urgente “¡señor Chancusig!, se cumplió su año de fungir de campesino y también el año de ausencia suya en Racionalidad Digital”. Vaya notición mi querida libélula vino tinto, fucsia, púrpura o lo que sea que te vista y calce…  vete de regreso a cueva digital con la respuesta indeclinable del auténtico Chancusig: él se queda, va de campesino para largo. Me divierte el escenario que se daría de retornar a las alturas del cavernícola; qué acontecerá con Chancusig II, el sucedáneo, el ente que asumo está cumpliendo las funciones de ejecutivo digital en reemplazo del original Chancusig, el campesino. Es predecible cómo se resolvería esa ridícula situación, si el susodicho sucedáneo es una copia mía debe ser una criatura que se precia de sí, en consecuencia haría lo que yo haría: reemplazarme acá, en tierra firme, y ser moderadamente feliz hasta que de nuevo le toque subir a Racionalidad Digital. Suena sencillo y sería sencillo el intercambio del original con el sucedáneo, vendría a ser habitar en un dúplex del eterno retorno a lo idéntico. Original y sucedáneo jamás se encontrarán en el cruce de destinos, pues, cada cual tendrá su escalera particular para bajar y subir. Por supuesto que este escenario se queda en chiste y de verdad pasará lo que el propio Chancusig decida. Repito y esto sí es repetir, no habrá intercambio con sucedáneo alguno porque tengo la prerrogativa, de acuerdo al pacto inalienable que hice con Malinche, y es un derecho adquirido dilatar mi presencia, ad infinitum, en Valle del Campesino (así terminé titulando el territorio que conocí ayer, reconozco hoy y reconoceré mañana). 

 

La invención del tiempo en el espacio de Caverna Digital era un pasar exento de aburrimiento. Arriba deviene un tiempo libre de relatividad, un tiempo volandero, un tiempo inofensivo. Acá me enteré que el aburrimiento existe encarnando la espera, y vino a ser que aburrirse es un acicate para que el campesino salga renovado de una suerte de aproximación a la angustia Homo sapiens. El aburrimiento provoca ese aguardar por los acontecimientos. Diría que el campesino genera la dosis necesaria de angustia en función de hacer duraderos los días y las noches. Dormir es un instante largo, es una espera y permite el acontecimiento del despertar predispuesto a moverse con la mañana de Valle del Campesino y, no viene a cuento la cantaleta esa de que en la repetición está el gusto, por el contrario, uno no se repite ni en sueños, ni en la ritualidad de capturar aromas y sabores silvestres sobre la marcha. Basta una muestra, resulta estremecedor el hallazgo del florecimiento de una orquídea no vista ayer, y hay flores de un día o una semana que desaparecen y no me acuerdo de ellas sino es porque de sopetón vuelvo a regocijarme con su belleza efímera. Salir del aburrimiento es la temporada de cosecha en Valle del Campesino, comprendiendo que no hacer nada es sembrar en el tiempo y espacio venidero. 

 

Entendiendo el tiempo y el espacio en Valle del Campesino, es menester concluir que arriba mi existencia fue incesante aguardar a que un cataclismo volcánico, interior, acabe de raíz con la inmovilidad del cavernícola.  Me alojé una eternidad en la pasividad holográfica a falta de la resolución que rompa con el ser sujeto a Racionalidad Digital. Empero, la mudanza, el desenlace, fue fulminante en relación con la extensa impasibilidad del cavernícola, me bastó una minucia de tiempo para planificar y ejecutar el salto cuántico. Comprendo que, la fantástica demora en la irresolución donde flotaba el cavernícola, se debía a que arriba no sentía la gracia del tiempo y tampoco sufría el espacio mínimo que habitaba envuelto en la adormidera holográfica. Arriba carecía de una realidad reventando de la tierra fértil, hasta que el AVUA me sacó de la cápsula intemporal y me arrojó a la cruda realidad del campesino Chancusig.  Vivo en borrador, como nunca lo hice allá arriba porque desconocía un propio vivir, arriba sabía de las aventuras de Don Quijote pero no de las aventuras de Chancusig en Valle del Campesino. 

 

Arriba existía en función de una rutina de la desmemoria, era el sujeto de la experiencia anulado por personas y personajes que dejaron sus propios acontecimientos hace, quizás exagerando, eones, y, sin embargo, su modo y fondo artístico me llegó ¿a saber cómo?, acaso fui yo a voluntad forjando el impulsó de aterrizar en tierra fértil debido a la influencia de los aventureros antiguos, siendo así tenía que rodar escaleras abajo o permitir que me absorba por completo Racionalidad Digital. 

 

Aquí vislumbro al artista arcaico del avanzado Antropoceno, realizándose en borrador sin ensayo previo. Proust hizo de la vida en borrador una novela total, él fue el escritor y personaje en potencia de En busca del tiempo perdido, tardó décadas en forzar el acontecimiento de serlo. Su obra estuvo en veremos hasta que los rayos de esclarecimiento de la infancia que lo visitaron (aromas, texturas y sabores), dieron la señal de largada. Por fin, Proust, tuvo la certeza de que en cada célula de su república de células (unidad de carbono), yacía la materia prima de su búsqueda del tiempo perdido en las profundidades de sí mismo. Y plasmando en el futuro a su pasado lo convirtió en una obra de arte excelsa, la novela total que hizo del tiempo perdido un tiempo recobrado. Es decir, Proust, nunca perdió el tiempo Chancusig, sí.    

El hombre sin espejos 2.3

 

Cuando el ser humano sufría la noche a conciencia podía ser un vividor de la penumbra, la sombra y la tiniebla como fue el caso de la velación de las armas de Don Quijote, antes de lanzarse a la aventura sin parangón en los siglos pasados, presentes y venideros. Para semejante artista de noche adentro, el tiempo del caballero andante velando las armas de derribar endriagos y vestiglos, no volaba en un sueño reparador sino que transcurría lento, intenso y creativo rumbo al amanecer. Para el artista noctívago, las campanadas de medianoche eran el punto de partida generador de riqueza interior, incluyendo la belleza gélida de los astros y la infinitud de monstruos de la materia oscura. Jamás he sufrido fenómeno similar o  parecido al insomnio del artista del Antropoceno; sin embargo, ahora percibo lo que es la noche y el día como un acontecimiento, y aguardo la luz solar tanto como la oscuridad natural. Me llena de regocijo esta espera, aunque es apenas una sensación de cómo debió haber sido sufrir la vida desde el cuerpo-mente  del músico, del autor de ficciones, del pintor, del escultor, etcétera… teniendo un hilo conductor entre ellos, eran poetas y podía tratarse de un noctámbulo que recibe la luz solar para descansar  o podía tratarse de un ser diurno que anhela la noche para dormir.  Y digo esto último de manera llana y simple porque la complejidad de los creadores artistas antiguos que renacian destruyendo el cascarón uniforme de los muchos, me ha sido ajena como experiencia personal. Alucinaba leyendo novelas, aún sin la capacidad de vivirlas fuera de mi realidad digital. He dicho que aquí empecé a vislumbrar lo que es mudarse a una aventura de Don Quijote, y luego a hacer de las ficciones una realidad concreta mediante los sentidos ancestrales que han despertado al poeta Chancusig.

 

“Mandarinas para los mandarinos, pero yo no soy mandarino”, amanecí vocalizando y formando un son con este estribillo, vine a la luz figurando ser un campesino ancestral, ¿a quién visualicé?: a alguien que en este instante es indescriptible porque jamás me he visto reflejado en espejo alguno. Cuando tuve la oportunidad de preguntarle a Malinche si mi cara se reflejaba en sus ojos tal como su belleza corporal e integral se reflejaba en los mios, no es que no me atreví a hacerlo sino que fue automático pasar de ello  debido a que tampoco ella me pidió hacer una mínima descripción de su corporalidad. Lo cierto es que perdí la ocasión de que Malinche hiciera un esbozo austero de la imagen de Chancusig. ¿O será que la regia figura de Malinche es un invento mío y he concebido una Dulcinea del Toboso a medida?, si fuese así: felicitaciones señor Chancusig por su genialidad imitativa. Lo que sí sé es que la forma del campesino del Antropoceno, correspondía a los dioramas que observó el cavernícola digital de moliendas de caña de azúcar, en anónimo valle ecuatorial subtropical seco, promediando el siglo XX o el XXI, después de Cristo.  Y a esa época antiquísima me remite la jovialidad del sujeto recolector de mandarinas que tiene rostro y que se borró de mi mente en un santiamén así como apareció de la nada. Este Chancusig poeta bien podría cosechar de los árboles de mandarina silvestre que están a la vista y alegran los días cargados de dulces frutos; por supuesto, si hubiese necesidad de ello, es decir de urgencia de proveerse de alimentos sacados de la tierra fértil para nutrir al cuerpo, y no la hay. Esto no quita que el contingente celular olfativo del poeta capture, in situ,  la esencia de las cosas silvestres de comer y beber, ejemplo, descubrí que un menudo árbol decorativo olía a gloria e indagando en la historia gastronómica Homo sapiens, reventó en una planta aromática bendita entre los yerbateros: cedrón. He degustado la esencia de la mandarina, y esto basta y sobra para convertirse en maná del alma.  El perfume de las mandarinas vino también con la frase musical inspirada en la realidad circundante. Existen las mandarinas de los mandarinos, libres de la palanca del mundo onírico o los hologramas de Inteligencia Digital. En lo que concierne a la expresión en sí del estribillo del campesino del Antropoceno: “Mandarinas para los mandarinos, pero yo no soy mandarino”, muestra la complicada relación que había entre géneros y sexos y demás enredos inclusivos, exclusivos, de origen Homo sapiens, siglo XXI. ¿Qué sé yo? Si no fuese privilegiado espectador del comportamiento de ciertas especies animales a la mano en este valle de encantos endémicos como inusitados, sería del todo incomprensible dicha frase en el sentido que le da el pregonero. Se me ocurre cerrar el párrafo añadiendo otro estribillo: No soy agricultor, sí soy campesino.            

 

Allá arriba, en Racionalidad Digital, la única manera de apenas imaginar la cotidianidad del artista creador-destructor del Antropoceno, esto en el modo urbanícola del siglo XXI, era interpretar hologramas antiguos que no estaban anclados en la cotidianidad de la caverna. Era el consumidor de hologramas remitiéndose al Homo sapiens urbanícola, se colige que hace un eón semejante citadino era lo más próximo al espacio-tiempo de cueva digital. En todo caso, encarné a un cavernícola propenso a desarrollar la contemplación de los antiguos. Y mi traslado a este valle de acción terrenal hizo que el transcurso del tiempo se convierta en experiencia tangible continua, un tesoro invaluable e irrepetible. Antes el tiempo volaba sin ton ni son, existía clavado en el espacio anodino e ínfimo del ejecutivo digital, pero fui un anarquista en potencia desde que abrí los ojos a un estado amorfo que no correspondía al loco viviente en ciernes.

El hombre sin espejos 2.2

Dije que Chancusig, apenas tuvo uso de razón cavernaria, se contaba en modo surrealista situaciones en lo silvestre desconocido que brotaban ya despierto, ya dormido. No me quepa duda que ese don oculto ha inspirado sus creaciones holográficas de las que se desprendía en borrador, pues, tal como manda el instinto surrealista, había que deshacerse de las proyecciones automáticas remitiendo el paquete holográfico a Racionalidad Digital. 

 

El instinto surrealista se ha disparado acá con ventaja insoslayable, cómo no si tengo al sujeto de la experiencia deambulando de mañana, tarde o noche en la continuidad enriquecida de la vida, en borrador, del jardín de las delicias original. Soy el ser que renació de la nada de Racionalidad Digital para esta aventura de carne hueso, como se diría en la época de Gulliver. No hubo fractura mental ni desgaste físico en la transición; repito, fue como si me hubiese preparado a cabalidad para ell ritmo subversivo de vida que llevo aquí, sin que la  soledad consuetudinaria de existir desaparezca con la transformación del a duras penas existente en la cueva digital a loco viviente en la intemperie. La cuestión persiste en el aire: será que fui una anomalía desde que me arrojaron a la soledad de la red mundial de Ejecutivos Digitales, y, lo de las salidas insulsas a la biosfera domesticada de Oréate, no es que me despertó sino que fue el inicio del plan preparado, en secreto, por el mudable ser que me habita y que con suma precisión ejecutó el fin del espacio-tiempo cavernario o lo que es lo mismo dio lugar al aterrizaje en el ojo cósmico que es la mansión del campesino Chancusig. 

 

Me divierte sospechar que se quedó allá un sucedáneo (mucho mejor que denominarlo clon) de lo que fui, y él está al instante fungiendo de ente cavernario, por decirlo así. Y es el sucedáneo del cavernícola Chancusig el que remite a Racionalidad Digital, material holográfico que son retazos de la cotidianidad de los sentidos de un invisible vividor. A la verdad, Malinche, pudo haber dejado allá al sucedáneo del ejecutivo digital Chancusig diseñado para leer, es decir transmitir el mundo externo de Chancusig campesino. De hecho, Malinche, leyó mi mente metiéndose en las profundidades del subversivo que habito y me habita, y, rescatando sus ambiciones subliminales, creó su residencia temporal en la Tierra. Tengo el feliz presentimiento de que por fin voy a ser pasto de la desintegración molecular donde me place serlo. 

 

Arriba, en la cueva digital, la nocturnidad era una suerte de noche que estaba dentro de la cotidianidad programada del existente cavernario. Entonces, había ignorado que me era innata la capacidad sensorial de sentir el mundo monocromático sublunar. Acá es que fui sorprendido con esa cualidad de nictálope. Ell Chancusig contemplativo siente la noche tan bien como el día, solo que hay diferencias en la percepción, ejemplo, los ojos noctívagos y los ojos diurnos enfocan distinto y reflejan distinto, y, sobre todo, la mirada del alma discrimina los dos mundos dentro de su complementariedad. La intensidad diurna deslumbra con sus colores y matices de luz ecuatorial, incita a hacer cuadros mentales sean paisajísticos, sean de jardines liliputienses acuáticos, sean de fanerógamas en pequeñas sociedades con aves e insectos insectívoros, sean de fauna merodeando en el bosque de faiques, arupos, algarrobos, ceibas… Entendí que la luz también enceguece y es cuando agradezco que ceda su imperio a las tonalidades monocromáticas de la noche, el resultado es refrescante. 

 

Los sentidos que abren las puertas de la percepción de dos mundos complementarios se manifiestan marcando las sensaciones correspondientes al día solar y las sensaciones correspondientes a la noche sublunar. Ha transcurrido el tiempo necesario, gravitante, en el espacio de cada mundo para que distinga a cabalidad, y por inercia, como los sentidos se han transformado aumentando o disminuyendo su capacidad sensorial dependiendo del mundo donde perciben capturando el instante.  Si se trata del día solar la modalidad visual prima, el mirar hace de director de la sinfonía que tiene como instrumentos a los oídos, el olfato y el tacto. Si es de noche se dispara tanto el oído como el olfato equiparando a la vista nocturna y haciendo que el nictálope tenga un comando tripartito de los sentidos. Aunque la noche es más corta que el día, en lo que se refiere al tiempo astronómico del expedicionario caminante, el tiempo mágico se dilata en el nictálope ambulante y se iguala a la continuidad vivencial del sujeto de la experiencia diurna. 

 

Sin quitar que el dormir horizontal ha sido, es y será un derecho adquirido del cuerpo-mente a la noche, la gran diferencia es que en la cueva digital el día y la noche se sucedían para sentir que avanzaba, en el tiempo espacio, el ser arrojado a una vida rápida entre paredes. Allá era un ente resignado a no distinguir de una noche a otra o de un día a otro salvo en lo de la memoria técnica para evitar repetir hologramas que han sido usados recientemente. A veces un repentino antojo existencial obligaba a que el espectador se salte del recambio preconcebido en la percha holográfica y reivindique algo extraordinario para sí. Ese capricho hacía que de momento se detenga el proceso normal del programa de menús para el entretenimiento cavernícola de la integración molecular a la desintegración molecular. Allá arriba, la cuna fue el abrir los ojos maduro, hecho y derecho, a Racionalidad Digital; y la muerte vendría a ser el retorno a la nada. 

 

Acá se me hace gracioso eso de la percha holográfica, como llamaba en la cueva al recambio programado de hologramas. Entonces me había inspirado en la comparación que hice con el escenario del vestidor-ropero perteneciente a ciertos humanos pudientes de civilizaciones remotas, cuando las personas cubrían sus fundas de unidades de carbono debido a la fragilidad de su piel, lo hacían con trapos externos, trapos interiores y calzado dentro de la versatilidad de colores y materiales disponibles. Si bien hubo tiempos arcaicos en los que se decía: los trapos de uso diario están al alcance todo bolsillo humano, había personas que se consideraban afortunadas por llenar sus vestidores-roperos con lo más fino y caro que encontraban en plaza, poseían una extensa cantidad y variedad de prendas de vestir colgadas en las perchas individuales formando largas y abigarradas filas manteniendo un orden preestablecido; así, cada cosa, tenía su turno para tapar y proteger la piel del usuario y, curioso, también eran una suerte de disfraz de lo que llamaban “personalidad”, por eso eran sujetos de espejos.

El hombre sin espejos 2.1

 

Apenas ingresando a la mansión Chancusig, quedó expuesto que nunca podría haber sido la cabaña de un náufrago. Oh, Malinche, eres la diseñadora y hacedora de los suspiros de este beneficiario de tu arquitectura para la vida lenta. El ojo cósmico como residencia en la Tierra entró en mi ser terrenal con la gracia postrera del sol de los venados. Nada de fortuito en la mansión Chancusig, se trata de que las puertas de la percepción se abrieron de repente al ser que dejó atrás la caverna, en eso consistió el edificar de Malinche. Ella moldeó el ojo cósmico con la materia disponible de nuestra época de integración molecular al servicio de Racionalidad Digital y de carambola está al servicio de la maravilla que viene de afuera: paisajes, aromas, texturas y ritmos de la naturaleza rugiente. 

 

Esta residencia jamás podría haber sido una variante de las delicias de mi cueva en Racionalidad Digital, acá no hubiese prosperado la idea del modo holograma de encendido y apagado a discreción del usuario cavernícola, debido a que la conciencia de estar residiendo en una cueva es  inconfundible y por ende la simulación de espacios lindos que ofrece el catálogo holográfico viene a ser de uso imprescindible allá pero no aquí. Allá no hay manera de escapar de la temporalidad holográfica y uno está muy conforme sabiendo que vive una ilusión versátil; allá, uno se manda a cambiar de diorama y cae en otro momento desechable, siendo la constante navegar envuelto en la alternabilidad sin pena ni gloria. 

 

Dije que husmear en los parques y jardines de biosfera alterada de Oréate, fue el preámbulo pasivo al aterrizaje en la cruda realidad del bosque seco de lomas color ladrillo que encierra la perspectiva de valle subtropical esencial, o sea, regado por el arroyo de agua dulce que nace al pie de las murallas de granito. Lo que vino conmigo, de la existencia resuelta en la soledad absoluta de Racionalidad Digital, es la materia útil necesaria para sepultar cualquier idea de sobrevivencia biológica a lo Robinson Crusoe, todo lo que hace posible que funcione el ojo cósmico, y que por extensión hace que funcione el intrépido expedicionario Chancusig, es el pasaporte a la soledad subversiva que escogí vivir más allá de usar los productos de mi época, reconocibles por los sentidos cuando paseo en el minimalismo hogareño, cuando el piso se amolda al cuerpo en reposo y cuando la república de células es un estómago plácido degustando y digiriendo el programa de menús aleatorio dispuesto para el único comensal. 

 

Acá, la alimentación cotidiana, deviene en agradable sorpresa nanológica de texturas, aromas y sabores camperos. Este degustar de la república de células que habito y me habitan, lo he denominado, con mayúsculas, Yantar del Campesino, en oposición al comer para el olvido del cavernícola. El buen yantar del campesino no tiene parangón con el comer inadvertido del cavernícola, al extremo que carezco de recuerdos gastronómicos de la época de encierro digital. Alimentarse, en mansión Chancusig, es una fiesta del nano-catador que descubrió el apetito del caminante desayunando temprano en la mañana, almorzando a media tarde y merendando en la noche si hubo expedición en pos del avistamiento de fauna nocturna, a propósito de esto último me fascina el puma incursionando en territorio mutuo. Evitamos, el uno al otro, estorbarnos. Me remito a aquel genio creador de ficciones estelares que, en un remoto siglo, decía de su situación frente a sus colegas: cada quien en su galaxia.    

 

La piel bronceada, que estrené abandonando la soledad cavernaria de toda una vida, está concebida a medida del iniciado Chancusig, de lo que la llevo gastando es una piel para doblar espinas; piel repelente de todo bicho feroz venenoso o no venenoso, diminuto o gigante; piel ultra resistente a los rayos ultravioleta, etcétera. En fin, lo que se mantiene igual a la fina piel lechosa de la caverna es la condición de transpirable, autoregenerable, auto-higiénica liberando toxinas y excrecencias de los diminutos corporales. La piel cavernaria carecía de sensibilidad a los estímulos externos por obvia circunstancia del aislamiento holográfico, donde la mente sustituye los sentidos propios de un intrépido expedicionario por sensaciones digitales. Al cabo de jornadas de reconocimiento en el exterior me siento un campesino a secas, soy un campesino solo por el hecho de estar inmerso en la actividad mudable de lo salvaje. Ahora sé lo que es el tacto primordial, ejemplo, vaya delicia abrazar el agua dulce del arroyo en cada poro abierto de la piel de Chancusig.   

 

El minimalismo de mansión Chancusig es mucho más que inteligente, corresponde a la aventura del vividor en su entorno entregado a la evolución natural de un innombrable valle subtropical seco. El minimalismo de la caverna de Racionalidad Digital corresponde al hermetismo fantástico. Aquí, al pie de la muralla de granito, brillan por su ausencia los hologramas paisajísticos y demás motivos de simulación de halago a los sentidos digitalizados. Aquí, la cruda realidad, supera a la fantasía cavernaria. Allá, en la cueva, la programación de hologramas es imprescindible para el ejecutivo superior de Racionalidad Digital. He sido autor de hologramas de caminar y de dormir para otros ejecutivos superiores, así como ellos le proporcionan a uno sus creaciones para atenuar el paso del tiempo. La caverna tiene dimensiones de forma rectangular y sin obstáculos, una suerte de cajón vacío de cuarenta metros de fondo por veinte y cinco de ancho, y en su estado holográfico preestablecido es un espacio elevado a diez metros del suelo con una proyección de techo falso de madera infatigable a la vista. El panorama por defecto, en los cuatro lados de la caverna, es idéntico: campos de amapolas silvestres en floración perdiéndose en perspectiva que varía en intensidad y nitidez visual de acuerdo a una meteorología aleatoria diurna y nocturna.  

 

Dije que la mansión Chancusig es oval, inteligente y sensible a la psicobiología y  gustos del loco viviente que la pone a funcionar, y su encanto proviene de la  multitud de nano-servidores invisibles e impalpables. Está libre de columnas, hecha de compacto multicristal antirreflejo que va cambiando de matices monocromáticos hasta que toma el rojo añil crepuscular, el color de recepción y bienvenida al hogar desde la tardecita inolvidable del arribo. El espacio-tiempo acá  es la duración de la persona que se beneficia de una memoria mágica a largo plazo, sumando una continuidad en experiencias a borrados día a día. Y se trata de la misma persona que en la cueva se resignaba a consumir y olvidar el instante rápido, rápido.  Allá el día servía para completar, exento de recuerdos y experiencias circunstanciales, libre de acontecimientos e hitos históricos íntimos, la vuelta astronómica del planeta Tierra al Sol. La idea de estar en el nirvana digital cavernícola transcurría veloz, alienada en la intemperie de lo holográfico, salvo las salidas de engorde a la biosfera alterada que en sí fueron una acción pasiva intuitiva para generar este futuro de loco viviente.